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Espacio de Luis Núñez

Nuestras grandes revoluciones

Nada o muy poco ha cambiado en los últimos 150 años de vida independiente. Somos el país de las mil revoluciones, pero ellas han se han impulsados para derrocar gobierno pero no para transformar la sociedad.
Luis Núñez Salmerón

A lo largo de la historia de Nicaragua los grandes cambios se han visto reducidos a simples cambios de personas, precedidos de traumáticos movimientos sociales que al final de cuentas no nos han llevado a mucho. Celebramos grandes eventos “revolucionarios” que al final no mantienen en el mismo estado, haciendo válido el dicho popular de “si las cosas no han cambiado es porque siguen igual”.
Durante casi 200 años hemos dado bandazos por doquier subiendo y botando gobernantes, pero sin cambiar nada. La oposición a Frutos Chamorro en 1854 se quejaba amargamente de su director de Estados, luego que éste anunciara que tenía controlado a todo mundo en lo que podría ser el primer aparato de seguridad del Estado (véase a la obra de Jerónimo Pérez). Luego hizo, a mi criterio correcta, reforma constitucional para cambiar la designación de director de Estado por el de Presidente. Un cambio notorio desde el punto de vista institucional. El problema es que de por sí y ante sí, él, sin ningún proceso de elección decidió que él sería el presidente. Y estalló la guerra, luego del fracaso de negociaciones. Todo cambió para que nada cambiara.
Si repasamos detenidamente nuestras grandes revoluciones obedecen a un mismo patrón de comportamiento. El jefe de Estado o Director o Presidente se portó mal y había que cambiarlo, simple y el que llegó no solo no cambió nada sino que ajustó el modelo gastado a su propia medida. Los intentos de modernización del estado, se dieron en el marco de una retrógrada intención de perpetuarse en el poder. Todos giró en torno a una misma figura. Nuestro desarrollo, lo que hemos intentado impulsar, ha sido impuesto desde afuera, desde que se fueron los Españoles hasta el día de hoy, que escribo esto.
En este punto debo reconocer mi coincidencia con Platón, “«Estoy convencido de que gobiernan muy mal los Estados en que no hay institución buena ni buena administración. Puede decirse que viven al día y todo lo dirige el capricho del azar y no la sabiduría humana”. Con los filósofos griegos he tenido una relación cercana pero de largo, pero en esto sí estoy de acuerdo. Es como diría un filósofo popular que llegó a la misma conclusión de Platón, “nos gobiernan al bolsazo”.

Los grandes temas del desarrollo quedan pospuesto por criterios ideológicos cerrados, de repente nos mandaron un recetario de medidas para aplicar casi mecánicamente, o nos dieron el modelo a copiar, y después llega otra revolución y nos gobiernan a punta de manuales. Pero ¿cuál ha sido nuestro modelo de desarrollo en estos 200 años y cuál es el que queremos impulsar? La preocupación ha oscilado entre enriquecerse lo más que se puede y controlar obsesiva y compulsivamente todo.
El país continúa patinando sin rumbo, con un tipo de educación más ajustada a la década de los cincuenta que al momento actual, todavía los maestros exigen que los estudiantes reciten de memoria los conocimientos (si no vean los exámenes de admisión de las universidades) en lugar de entender su verdadera aplicación práctica. Cambiamos de gobiernos, pero no de mentalidad. Las instituciones están copadas de funcionarios partidistas, y no solo en este gobierno. TODOS han sido así. Con el gobierno de doña Violeta no quedó ningún sandinista en los poderes del Estado por ejemplo. Y peor aún dentro de estos funcionario no hay una conciencia libre que renuncie por dignidad, al menos para dejar constancia que en este país todavía hay pequeñas luces de dignidad y ética. La ética no da para comer opulentamente.
Si creemos que en la actualidad, la caída de Daniel Ortega del poder va a cambiar en algo la situación del país, estamos equivocados. El problema no es él, somos nosotros mismos. Demandamos un nuevo liderazgo, es decir un nuevo bravucón de barrio que se le plante bien y encabece protestas callejeras o le gane las elecciones y sea nuevo presidente, pero eso no garantiza nada. Seguimos con la mentalidad del siglo XIX, de conformarnos con derrocar a alguien, pero sin cambiar nada.
Esperamos a “alguien” que nos resuelva los problemas, o lo que es lo mismo, un milagro y en la historia de la humanidad, los milagros no han creado naciones.

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