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Espacio de Luis Núñez

Una oposición sin norte busca su razón de ser

Luis Núñez Salmerón
Cuando en el 2006 Daniel Ortega ganó las elecciones limpiamente, aún cuando lo hizo con un miserable porcentaje, pensé que las cosas iban a ser diferentes a como las hizo en la década de los ochenta. Pensaba que sería un nuevo presidente, sobre todo cuando en el período de transición anunció una política de unidad nacional, respeto por el estado de derecho. En un incendiario discurso ante sus simpatizantes que celebraban su victoria hizo un llamado a la empresa privada y a la sociedad en general a trabajar unidos. Etc.
Incluso me convertí en un abanderado del “hay que darle un voto de confianza ya que no creo que repita los mismos errores”. No fue así. El 10 de enero de 2007 en un ridículo y vacío acto de traspaso de poder, tuve que reconocer que yo estaba equivocado, el viejo zorro había perdido el pelo pero no las mañas. Daniel Ortega volvía a ser el mismo.
Con el tiempo fuimos entendiendo que si algo había que reconocer del nuevo gobierno, era su capacidad para mantener el orden promoviendo el desorden, y le funcionó. La oposición a pesar de contar con mayoría suficiente para legislar nunca fueron capaces de ponerse de acuerdo, n i siquiera para aprobar cualquier tipo de ley, por muy fuera de intereses que estuviese, y menos evitaron la ilegal, ilícita pero muy existente, reelección del presidente. Y no solo eso, sino que lo hizo en una elección poco trasparente, en la que pulverizaron toda la moral que pudiese haber quedado a la oposición que quedó en harapos.
Eso le dio todo el tiempo y el poder suficiente al partido de gobierno y a la familia presidencial para iniciar todos los cambios que le vinieron a bien, un estado a su medida. Y lo hicieron, en estos últimos dos años, el país ha cambiado radicalmente, apuntalado por una estrategia cuyo centro de operaciones es la Asamblea Nacional. Todo lo que no podían hacer en minoría, hoy con toda la holgura del mundo lo están haciendo. Hacen concesiones a su gusto y antojo, aprueban leyes sin consenso, están trabajando en función del control absoluto del Ejército y la Policía, etc. Y muchos etcéteras. Pero esto puede no ser malo, según algunos analistas de ocasión, puesto que el país necesita orden. Bien es un cambio de dama por peón, la libertad por el orden. Un buen cambio.
En medio de todo este avance revolucionario, la oposición del PLI, que no muestras signos de tener un norte, se ha centrado en una supuesta unidad con pedazos de partidos que no representan a nadie en un proceso desgastante y vacío, en lugar de volver a las bases y explicarles qué están haciendo realmente por ellos.
Su oposición está limitada a pegar cuatro gritos en el parlamento y dar conferencias de prensa a todo aquél que les ponga un micrófono o una grabadora, les tome una foto. Pero en el fondo han centrado toda su actividad política en la Asamblea Nacional. Fuera de los diputados, dónde están los partidos de oposición, trabajando en función de un proyecto de nación el cual no necesariamente se exprese en revueltas callejeras. Prefieren andar inventando leyes torpes como la protección del gallo pinto, como si con una ley van a hacer que los frijoles bajen de precio, menuda ilusión y tremendo timo a un pueblo sediento de cambios.
Hay muchas cosas que los partidos de oposición pueden hacer, como por ejemplo hacer fiscalización social, alrededor de las mismas leyes aprueban. Es triste verlos desfilar a poner quejas a la Curia Arzobispal pidiendo que los obispo resuelvan los problemas que ellos mismos contribuyen a resolver.
En lugar de andar buscando alianzas que no aportan nada, pues con los raquíticos porcentajes que lograron en la última elección, cuando los desvalijaron, nunca va a lograr nada. Es tiempo que se revisen ellos mismos, hagan los cambios que tengan que hacer y salgan a la calle a buscar lo que hace mucho tiempo perdieron.

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