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Espacio de Luis Núñez

El Día de la Tierra, tres décadas después

Luis Núñez Salmerón
Yo participé en la Cruzada Nacional de Alfabetización en 1980. Era un jovencito que estaba por salir de la Escuela Normal de Managua, con mi título de maestro de primaria. Me tocó alfabetizar en una comunidad llamada Mayawás, perteneciente al municipio de la Cruz de Río Grande, ubicada en la parte central del departamento de Zelaya, hoy Región Autónoma del Atlántico Sur, en ese entonces una zona impresionante por la exuberancia de sus bosques y la enorme variedad de animales y plantas.
Para llegar a esa zona se tenía que pasar por Bluefields, capital del departamento, donde efecitvamente llegamos procedentes de El Rama (posteriormente descubrimos que también se puede llegar por la Ruta de Río Blanco, Matagalpa). Salimos de Managua una madrugada de principios de abril en buses Dina, famosos en esa época. Llegamos a Bluefield, de donde partimos en una embarcación llamada PescaNica 10, buscando el Río Grande de Matagalpa. Recorrimos la costa Caribe, pasando por Laguna de Perlas, y llegando a una saliente llamada, si no me equivoco, La Barra, que es la entrada al Río, hacia donde nos adentramos para llegar después de varias horas, a la Cruz de Río Grande, donde fuimos recibidos por una multitud de pobladores entusiasmados, que después no solo fueron entusiastas anfitriones, sino excelentes personas llenas de una hospitalidad única.
Pero bien, aquí empiezo mi relato de tristeza ya que para llegar a Mayawás había que recorrer un largo camino, el cual significaba navegar todavía más sobre el Río Grande, hasta llegar al poblado de Tumarín, sí el mismo donde hoy se construirá supuestamente una planta Hidroeléctrica.
De allí teníamos que caminar unas dos horas hacia dentro del bosque tupido, la parte menos tupida del todo el trayecto, para llegar a un pequeño poblado, cuyo nombre no recuerdo. Esa era la primera parada. Luego había que seguir caminando, y dejar el pequeño poblado, que en realidad no llegaba ni a caserío, la primera vez nos tocó caminar un día entero, sin incluir la noche ya que nos quedamos a mitad de camino y seguir al día siguiente, aunque el viaje cuando logramos conocerlo mejor duraba todo un día, saliendo lo más temprano posible, para llegar al anochecer al poblado.
Salimos entonces y nos adentramos en el bosque, o en la tupida e intimidante selva de Zelaya Central. En realidad para llegar a la Cruz de Río Grande solo era posible caminando o por el Río. No había carreteras, ni siquiera carretas, y las vías de comunicación eran solo caminos y trochas que en invierno eran un infierno, debido a los hoyos que provocaban los cascos de los caballos, que era el principal medio de comunicación.
Pero bien, salimos de ese pequeño claro y nos adentramos en ese túnel oscuro que constituía la selva intensa. Los rayos del sol eran escasos y a cada paso se podía observar esa vida hermosa que vive bajo los árboles, serpientes, aves de todo tipo, plantas, perezosos, monos, todos en su ambiente natural. Todo era deslumbrantemente hermoso. Caminamos quizás unas seis hora bajo la sombra del bosque, sin ver el sol. Visto en el tiempo, a muchos puede resultar increíble pensar que estoy hablando de esa zona. Finalmente logramos salir a unos rastrojos, para bañarnos en la intensa brevedad de un rayo del sol. Nos sentamos y absorbimos todo el sol posible para luego volver a la espesa, y llena de vida, selva tropical. Más horas hasta que finalmente llegamos a Mayawás, al centro del “poblado”. Primera confusión, no hay pueblo, ni siquiera caserío. Son dos casas que están relativamente cerca una de la otra, quizás unos cien metros de distancia. Segundo, ese era el centro de la comunidad cuyas casas más cercanas podrían estar de un kilómetro o más de distancia una de otra, cercados por un bosque natural, ríos, pequeños en verano y caudalosos en invierno, que las divide y por supuesto animales silvestres, serpientes, aves e incluso hasta un jaguar. Bueno eso fue hace 35 años.
En 2010 regresé al lugar a ver los avances del plan de reforestación de Tumarín que impulsa una empresa que supuestamente construirá una planta hidroeléctrica. De todo aquello, no hay nada. Durante el trayecto por aire se puede ver solo tierra, algunos breves espacios cubiertos con alguna vegetación, caseríos, ahora sí son verdaderos asentamientos humanos, carreteras que llegan hasta la Cruz de Río Grandes, pero nada, absolutamente nada de aquel inmenso tapete verde. Nada. Nada de las bandadas de lapas o guacamayas verdes o rojas, de loras o chocoyos y menos de mamíferos o reptiles. Quizá para quienes no conocieron esa región hace unos 30 años, piensen que no ha pasado nada, que todo sigue igual. Así como sigue siendo normal ver que cada día le caen miles de toneladas de excremento al lago Xolotlán. Fue una experiencia extraordinariamente dura, ver el nivel de destrucción ambiental. Quizá me ayudó a entender un poco más la destrucción de todo el bosque del Pacífico hace más de cien años cuando según cuentan los abuelos la selva llegaba a las puertas de las casas en las diferentes ciudades, cuando Managua llega a lo que es hoy la Rotonda de Plaza Ínter.
Fue duro ver lo que ya no tenemos. Hoy es día de la tierra, y lo celebramos, sí lo celebramos como si hubiera algo que celebrar. Ya nos acostumbramos a la apocalíptica advertencia de que en 50 años ya no tendremos bosques ni todo lo que hay en él. Quizás, agregaría, tendremos que beber agua del Lago de Managua, aun cuando esté igual o peor que hoy.

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