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Política

El legado de Pedro Joaquín

“He dedicado mi vida de periodista precisamente a la búsqueda de algún camino o método que pueda servir a nuestra sociedad para evitar la violencia, venga ésta de donde viniere.He escrito y actuado proponiendo caminos civilizados para encontrar el progreso y la paz de toda la familia nicaragüense, siempre dentro de la ley, y clamando por una justicia que cada día parece más lejana y difícil.

Responsables del infortunio ocurrido, son aquellos cuya mentalidad en vez de producir palabras de paz y de entendimiento para toda la familia nicaragüense, luego de una experiencia tan dolorosa, lanzan acusaciones falsas, dictan las condiciones ‘en que todos tendremos que vivir’, en el futuro y declaran, por así decirlo, la guerra a su propio pueblo.”

El lector imaginará que los párrafos anteriores son parte del justo reclamo de cualquier ciudadano vocalizando su inconformidad con la realidad nicaragüense. En fin, todos queremos paz y justicia. La diferencia radica en que unos cuantos desean imponerlas a su manera.

La verdad es que esos pertenecen a uno de los editoriales con los que Pedro Joaquín cargaba las páginas del diario LA PRENSA en aquellos años contra la otra dictadura.

Mientras para muchos Pedro era una referencia ya fuese por su posición como director del periódico o por ser el abanderado en la lucha antisomocista. Para mí resultaba una figura familiar por las continuas visitas que efectuaba a LA PRENSA acompañando a mi tío Luciano Cuadra Vega, siendo yo todavía un chavalo. Aquellas se traducían en interminables pláticas usualmente sobre política y especialmente contra Somoza, en compañía de Pablo Antonio Cuadra y a las que en ocasiones se sumaba Chepe Chico Borgen.

A pesar de su imponente figura coronada con el serio semblante de su cara que subliminalmente me invitaba a estar callado y bien portado enmedio de aquellos titanes. Pedro Joaquín se ganó mi simpatía cuando llegué a su oficina días después de haber regresado de Venezuela donde había acompañado a mi madre en el exilio por aquél país en el que ella moriría.

Así que éste es el exiliado”‘ – dijo él, mientras yo volteaba a ver a quien se dirijía. A esas alturas, a pesar de mi corta edad, yo reconocía que ese adjetivo era como medalla de honor en el pecho de cualquiera. Pronunció esas palabras mientras extendía su mano para saludarme. Al abandonar las instalaciones del periódico en esa primera ocasión, me sentí más grande que Roy Rogers. Recuerdo también haber profesado un sentimiento de pesar por el Llanero Solitario.

La semana pasada recibí algunos mensajes electrónicos recordándome la proximidad de la fecha en que alguien -seguimos sin saber quién- pretendió matar a Pedro fulminándolo a balazos, y sugerían que se escribiera algo al respecto.

No creo que se pueda decir algo que no se haya publicado sobre él y el impacto que tuvo en la historia moderna de éste país.. Su legado se palpa en el vivir diario de los nicas. Se le menciona cuando se habla de justicia social. También se le recuerda cuando el gobierno ataca la libertad de prensa y se pretende imponer una versión actualizada de la Ley del Bozal o simplemente cuando el tirano sueña despierto con la reelección.Uno de esos mensajes decía: “pronto cumplirá año de muerto Pedro Joaquín”. Pero me pregunto ¿cómo puede morir alguien que está presente en el vivir diario de toda una nación? ¿Por qué conmemorar la muerte de un ícono que obliga a jovenes que nacieron años después de su asesinato, a hablar sobre él como si fuera el líder estudiantil del momento? (nada que ver con morterazos, cañonazos u ofrecimientos de posiciones parlamentarias).

El legado de Pedro Joaquín pudo verse el mismo día en que fue sepultado su cuerpo. Miles y miles de ciudadanos sin diferencia de estratos sociales ni colores políticos se tomaron las calles y avenidas de Managua. La dinastía vivía sus últimos días. Éste también ha quedado plasmado en sus escritos. Muchos son curiosamente casi profeticos. Uno de ellos, titulado Transición a la Dinastía, lee así.

“El mito de las dos cabezas reinantes, herederas ambas de la unidad que había prevalecido en vida del padre y ungidas con el rito del mismo nombre, demostraba simplemente que alguna lógica tuvo el mundo antiguo para gobernarse por medio de la monarquía. Era una cosa repugnante, algo que únicamente podía deducirse de la degradación de un sector del pueblo,  sometido a la corrupción de sus instituciones por el término de una generación completa, pero que estaba indicando al mismo tiempo cómo, después de una dictadura, la historia tiene lógicamente que experimentar un cruel retroceso.”



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